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El estado de resultados del masón Buen empleado, mal jefe

Por Pedro Linares Manuel

En el mundo de los negocios existe una herramienta fundamental llamada Estado de Resultados. Su propósito es mostrar si una organización obtuvo ganancias o pérdidas durante un periodo determinado. Sin embargo, hoy quisiera invitar a la reflexión sobre un Estado de Resultados mucho más importante: el de nuestra propia vida.

Así como una empresa registra ingresos y egresos, cada ser humano realiza diariamente depósitos y retiros en su patrimonio moral, intelectual y espiritual. La pregunta que debemos hacernos no es cuánto hemos ganado en el mundo profano, sino cuánto hemos avanzado en la construcción de nuestro templo interior.

Nuestros ingresos están representados por el estudio constante, la disciplina, la fraternidad, la prudencia, la caridad, el dominio de sí mismo y el cumplimiento de la palabra empeñada.

Legado de honor

Cada acto de virtud constituye una inversión en nuestra obra personal. Cada vez que ayudamos a un Hermano, orientamos a un hijo, apoyamos a nuestra familia o actuamos conforme a nuestros principios, fortalecemos nuestro patrimonio espiritual.

Pero también existen egresos invisibles que deterioran nuestra construcción interior. El orgullo, la soberbia, la ira, la envidia, la mentira, la indiferencia, el resentimiento y el egoísmo consumen silenciosamente aquello que más valor tiene.

Son pérdidas que no aparecen en ningún balance financiero, pero que terminan debilitando los cimientos del carácter.

Los antiguos griegos utilizaban el término Eusebia para referirse al respeto hacia aquello que es sagrado. En Masonería, la Eusebia se manifiesta cuando un hombre honra sus compromisos, cumple su palabra y vive de acuerdo con sus principios incluso cuando nadie lo observa.

Forjando el areté

A partir de ahí surge el Areté, la excelencia humana. No la perfección absoluta, sino el esfuerzo permanente por superarnos, corregir defectos, desarrollar virtudes y convertirnos cada día en una mejor versión de nosotros mismos.

Y cuando la Eusebia y el Areté se unen, aparece el Kleos: el legado honorable que permanece después de nuestra partida. No es fama ni reconocimiento pasajero, sino la huella que dejamos en nuestros hijos, en nuestros Hermanos y en la sociedad. Llegará el día en que se cierre definitivamente el libro contable de nuestra existencia. Entonces ya no importarán los bienes acumulados ni los cargos ocupados.

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