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I

La cineasta mexicana Alejandra Márquez Abella ha despegado su carrera a millones de kilómetros desde el estreno de Niñas bien (2018), esa producción que también catapultó en segunda vuelta a Ilse Salas, quien en su personaje incluso inmortalizó el indecible “provechito” a la mesa porque aquello aludía, dentro del contexto de un club privado y el lujo, a una clase más popular a la que ella claramente no pertenecía. Desde entonces, aunque quizá desde antes, no ha cesado el ascenso de la directora de Semana Santa (2015).

Con ese background –vasto, pero del que apenas recojo generalidades– estrenó el mes pasado y a través de PrimeVideo, su más reciente película, A millones de kilómetros (2023) basada en la autobiografía de José Hernández, el astronauta mexicano-estadounidense, con un guión escrito por Bettina Gilois, Hernán Jiménez y la misma Márquez-Abella.

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II

Es el actor estadounidense Michael Peña (Million Dollar Baby) quien da vida a José Hernández, el astronauta que forma parte de una lista pequeñita de ciudadanos latinoamericanos que han viajado al espacio. Y no comienza la película, por fortuna, con el triunfo absoluto de un sueño, sino con el inicio despatarrado y desolador que trae consigo una vida de movilidad provocada por la escasez y la falta de oportunidades, es decir, irse al otro lado para conseguir ganarse lo que de este lado no hay. Un viaje que José hacía junto a sus tres hermanos, su padre y su madre, mismo que le trajo una madurez temprana adquirida por los ejemplos de sus padres.

Foto: Amazon Prime Video

Apenas quiebra el primer momento esencial de su presente y futuro saltamos en el tiempo a un José que ya está graduándose y en su primer empleo, donde vemos los primeros visos –que no se interesan en profundizar– de discriminación: por su fisonomía y acento, le confunden con el nuevo conserje. Mismo “error” que le viene con ventaja debido a su pericia: entra en un espacio al que no tenía permitido entrar y se sumerge como hace siempre que la inspiración y la inquietud le llegan. 

Tarde o temprano, todo tendrá sentido. Se sabe con anticipación hacía dónde estamos yendo, y eso complejiza en cierto modo el desarrollo ante miradas exigentes, porque se desea entonces una historia que no tenga fisuras. No me parece que haya que condenar incuestionablemente, pero nadie está exento de que eso suceda. 

III

Por entre la vida de José Hernández podemos asomarnos a esa cercanía que tenía con su primo, esa fricción de orgullo que sentía con su padre, el cuento de hadas (con sus bemoles) con su esposa y paremos de contar. Todo lo demás se centra en su vida profesional. Y aunque pudiera parecer motivo de reproche, como se lo leí sobre todo a críticos estadounidenses, me parece un acierto, porque de entre todo estamos ante una cinta basada en el trajín de vida de un astronauta profesional. No debíamos esperar un melodrama de la vida de pareja de José Hernández. 

Paralelamente, a razón de esta misma propuesta enfocada en un aspecto en específico, a ratos parece un promocional de la NASA — vaya labor de product placement. Y quizá resulte contradictorio poner a discutir estas dos ideas que podrían justificarse bajo el mismo argumento y muy probablemente lo sea. Pero vale asistir a este debate propio porque, por fortuna, no es incuestionable. Como exigencia podría parecer bastante, por supuesto, pero en realidad sólo son puntos de encuentro entre visiones propias y ajenas.

Al final, entre este camino de contradicciones y disrupciones, sobre exigencias incluso burdas, la historia que narra Alejandra Márquez Abella, muy a su modo fresco y ese sello propio que le distingue en cualquier lugar, termina siendo un relato que persigue, que alcanza en algún espacio del inconsciente y hace, al menos, recordarnos que nosotros también quisimos llegar al espacio y con esfuerzo hubiéramos podido conseguirlo. De ser o no cierto, concedamos la duda a la memoria, a millones de kilómetros de aquí.

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