Por Ana E. Rosete
Hay una diferencia enorme entre organizar una celebración y simplemente esperar que la gente se comporte. Lo ocurrido en Reforma y el Zócalo volvió a demostrar que las autoridades siguen sin entender cómo funciona una concentración masiva en la Ciudad de México.
La apuesta era sencilla: colocar más pantallas para “descentralizar” la celebración y evitar una sola concentración multitudinaria. El resultado fue exactamente el contrario. Lo que se descentralizó no fue la gente, sino el desorden.
Desde horas antes de que comenzara el evento, era evidente que los filtros estaban rebasados. Personas ingresando sin revisiones reales, mochilas que nunca fueron abiertas, botellas escondidas que terminaron dentro de las zonas supuestamente controladas y grupos completos consumiendo alcohol a plena vista.
El olor a marihuana recorría distintos puntos de Reforma mientras elementos de seguridad observaban una realidad que ya no podían controlar.
No se trata de escandalizarse porque la gente tome o fume. Se trata de reconocer que hubo una distancia enorme entre lo que las autoridades prometieron y lo que realmente ocurrió en la calle.
Cuando la organización es débil, la multitud impone sus propias reglas. Y eso fue exactamente lo que pasó bajo el gobierno de la Ciudad de México.
México es fiesta. Es ingenio. Es la capacidad colectiva de encontrar la manera de entrar con lo prohibido, de burlar el filtro, de convertir cualquier espacio público en una verbena. Quien diseña un operativo ignorando esa realidad está condenado al fracaso desde el primer minuto.
Lo preocupante es que el gobierno volvió a confiar más en el discurso que en la logística. Se anunciaron controles que no existieron, revisiones que no se realizaron y una capacidad de vigilancia que simplemente fue insuficiente.
Las imágenes de calles llenas servirán para presumir una celebración histórica. Pero detrás de la fotografía oficial queda otra historia: la de un operativo rebasado, una organización deficiente y una autoridad que perdió el control de los espacios que ella misma convocó.
Al final no fue el gobierno quien organizó la fiesta. Fue la gente quien la tomó. Y la autoridad, una vez más, llegó tarde a su propio evento.
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