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Por Eduardo López Betancourt

El drama educativo en México no tiene paralelo; es, para desgracia de todos, un tema abandonado. La ineptitud resulta evidente: la falta de rumbo genera un caos de proporciones no solo preocupantes, sino verdaderamente alarmantes.

En las escuelas no existe claridad sobre los objetivos ni las metas a alcanzar. Los docentes se encuentran a la deriva, circunstancia tan lamentable como irresponsable. Basta visitar cualquier plantel educativo, en particular los de carácter oficial, que constituyen la mayoría, para constatar instalaciones en pésimas condiciones. Ello podría atenuarse con el respaldo activo de los padres de familia, quienes también deberían involucrarse ante la actitud marginal y desinteresada de no pocos educadores, contraste doloroso frente a la enorme oportunidad que representa formar hombres y mujeres de bien.

La educación es piedra angular en todas las naciones. Apostar por ella implica construir un futuro más promisorio, realidad que no ha sido debidamente valorada en nuestro País. La mandataria federal, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, posee una sólida formación académica que debe ser ejemplo y motor para que este renglón fundamental sea atendido con mayor rigor y compromiso, brindando a la sociedad mexicana mayores oportunidades de desarrollo.

El problema no se limita a la educación básica; en el nivel superior, la situación se torna aún más grave. Con frecuencia emergen instituciones de dudosa calidad donde el fraude académico es moneda corriente. Se otorgan títulos de manera irresponsable, generando una proliferación de profesionistas con formación deficiente que, a la postre, incumplen con su responsabilidad social. Abogados, contadores y egresados de diversas disciplinas obtienen sus credenciales sin el rigor necesario, convirtiendo su ejercicio profesional en un daño colectivo de serias consecuencias.

Es momento de reflexionar. Las autoridades tienen la ineludible obligación de garantizar una educación eficiente, sustentada en un compromiso genuino con la ciudadanía y orientada a elevar sus estándares de manera sostenida. Superar la mediocridad exige contar con dirigentes a la altura del desafío. No perdamos de vista que la educación no es una prioridad más: es la prioridad.

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