Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Resulta verdaderamente ofensivo el libertinaje que prevalece en México en torno al tema de los casinos, fenómeno que tanto daño ocasiona a la población. Sin prudencia alguna, estos centros de perversidad se publicitan de manera particular en los eventos deportivos; cualquier ciudadano es susceptible de caer ante la incitación que representa la audaz “promesa de ganar”, invitación que incluso llega a ofrecer incentivos gratuitos para iniciar a los incautos en esa enfermedad que termina por convertirlos en ludópatas. Con gran inteligencia y patriotismo, el general Lázaro Cárdenas prohibió en su momento estos establecimientos, pero desde hace varios sexenios se han venido reabriendo las puertas de estos infernales recintos. Debe quedar claro que los centros de apuestas son verdaderos generadores de un grave daño social: obtienen ganancias inconmensurables, operan sistemáticamente bajo esquemas de corte gansteril y se sostienen mediante la complicidad de actividades corruptas. Urge erradicar estos espacios inmorales, que por desgracia hasta llegan a anunciarse en las propias playeras de los deportistas, práctica que también debería prohibirse de manera tajante.
Existen diversas naciones donde los casinos y, en general, las casas de apuestas se encuentran restringidos, ya sea por motivos religiosos, morales o políticos. De manera ejemplar, en los países islámicos la prohibición es absoluta, pues el Corán califica el juego como harám (prohibido o ilícito). Destacan también otros Estados que, por razones políticas o éticas, impiden esta práctica, como Ecuador, Cuba, Corea del Norte y Libia, entre otros.
Incluso dentro de los propios Estados Unidos sobresale el caso de Utah, entidad donde no se permite la operación de casinos, loterías ni apuestas deportivas de ningún tipo.
Resulta imprescindible y urgente que un gobierno que se precia de sostener valores morales y éticos demuestre, de una vez por todas, congruencia entre el discurso y la acción, a fin de poner freno a esta perversa actividad. El juego y los casinos generan daños colaterales de suma gravedad, entre ellos la drogadicción, el incremento de la criminalidad y una infinidad de actividades de naturaleza gansteril.
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