Por Lengua Larga
Dicen que en política no hay casualidades, y cuando alguien se sienta con quienes han hecho del sigilo su sello, menos. Resulta que Alessandra Rojo de la Vega decidió compartir, muy quitada de la pena, su encuentro con el Gran Maestro de la Gran Logia del Valle de México, una institución que presume tres siglos de historia… y varios más de levantar cejas.
Porque sí, nadie le puede decir que no lo haga. No es ilegal, no rompe el Estado laico y, en el papel, entra en el cajón de “diálogo con organizaciones”. Hasta ahí, todo correcto. Pero en política, lo que importa no es solo lo que haces… sino con quién te dejas ver y para qué lo cuentas.
Y es que no es lo mismo reunirse en corto que salir a presumirlo con foto, mensaje institucional y guiño incluido: “sumar esfuerzos”. ¿Sumar con quiénes y para qué exactamente? Esa es la parte que no viene en el comunicado.
La masonería no es cualquier club de vecinos. Es una red históricamente cerrada, influyente y, para muchos, incómodamente discreta. Así que cuando una alcaldesa decide poner sobre la mesa esa cercanía, el mensaje no es menor: hay interlocución, hay puente… y probablemente hay algo más que café y buenas intenciones.
Claro, siempre estará la defensa lista: que si es por las comunidades, que si es diálogo plural, que si gobernar es escuchar a todos. Y sí, todo eso suena impecable. El problema es que en la Cuauhtémoc, y en cualquier territorio político, la transparencia no se presume, se demuestra.
Porque una cosa es poder hacerlo… y otra muy distinta es pensar que nadie va a leer entre líneas.
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