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I

Hace casi una década, cuando aún había algunos destellos de subversión en las plataformas de streaming, Netflix estrenaba Master of None, una serie creada por Aziz Ansari y Alan Yang, en la que el mismo Aziz interpreta al protagonista, Dev, un actor hindú que ronda el tercer piso e intenta abrirse un camino en la indescifrable ciudad de Nueva York.

Aunque pudiera parecer simple y común lo dicho –un actor en sus treintas que tiene aspiraciones medianas en una ciudad que es capaz de tragarte vivo–, lo cierto es que son las visiones propias de Ansari y Yang las que dotan a esta serie de destellos brillantes que sugieren la definida autoría y laburo cinematográfica a lo largo de 3 temporadas y 25 capítulos.

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II

Ser un maestro de nada es una especialidad recurrente en la actualidad, y quizás lo ha sido siempre, pero el registro que se puede hacer ahora mismo para dejar constancia es desoladoramente innegable. Hace más sentido cuando se alude a la frase de la cual nace el nombre de la serie (“Aprendiz de mucho, maestro de nada”), puesto que es un hecho casi tangible de cuerpo entero: el consumo abrumador de conocimiento e información para finalmente escaparse por la puerta de atrás con la genialidad a cuestas y optar, luego, por el ostracismo. Un bueno para nada funcional. Un ser humano promedio.

Season 2, Master of None, Netlifx. Foto: Netflix Ltd.

Pero no es lo único ni lo más importante. Es, como dirían sin reparo en la indecencia, la punta del iceberg. Un pretexto, quizá. Porque dentro de todo el embrollo existencialista-hipster-filosófico-cósmico, impera el sentido común que en el mundo real no existe, o es escaso. O, por el contrario, se arma de recursos ficticios para seguir rodando. Es, digamos, un refugio que sirve después o en el entretanto como catalizador para con quien se identifica (sea la persona alguien que no ha podido sentirse realizada en ningún aspecto de su vida o sea alguien que no ha logrado nombrarse homosexual o lesbiana o no binarie).

Humaniza sensaciones, no reniega de problemas sociales ni tampoco abunda en ellos para jugárselas de héroe, estimula (des)encuentros, anuncia formalidades (y otras que no lo son tanto), construye y deconstruye personalidades, desdibuja los significados del amor y las conexiones (a lo que ahora llaman vínculos), no escatima en improperios, nombra abusos y estigmas… Sí: la lista es larga.

III

Finalmente admirable que entre los pasillos virtuales del extenso catálogo –de cuyo contenido podríamos omitir la gran mayoría– una comedia de autor de las escalas de Master of None se asome con tal pertinencia al día a día.

Entonces no resulta una apuesta mediana el pensar out of the box; sí son, justamente, el olfato y la capacidad de observación de Ansari y Yang los motivos de la naturalidad con que esto se percibe. No cualquiera podría escribirlo — y qué bueno. Por si fuera poco, echan mano de entrañables momentos protagonizados por Lena Waithe (Denise), Eric Warenheim (Arnold B.), Noël Wells (Rachel), Naomi Ackie (Alicia), Ravi Patel (Ravi Singh), entre tantos otros.

Tres temporadas, repartidas en un lapso de seis años (2015, 2017 y 2021), conjugan esta serie que, aunque no ha logrado establecerse dentro de lo más visto o al menos lo más buscado, resiste en los márgenes de su propia e ingeniosa visión de su presente. No encanta a públicos abultados porque no es estridente, no provoca con irrealidades ni tampoco se burla de quien mira con obscenidades ni diálogos y acciones risibles u ofensivas. Se coloca en las antípodas de los fuegos artificiales y los parques de diversiones (Scorsese dixit) que se hunden en su propio intento de legitimación.

Así, entre un viaje estimulante por tres diferentes espacialidades y temporalidades, y en la que el último desembarco es una apuesta por concentrarse en algo más allá del propio Anzari e iluminar entonces aquello que aunque existe se olvida, esta producción atemporal (y muy probablemente ahora impensable para la plataforma de la N) esgrime con autoridad un argumento para asirse a la esperanza: la de un mundo mejor y series de televisión que –digamos vulgarmente– valgan la pena.

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