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Por Lengua Larga

Dicen que en política los silencios pesan más que los discursos, y el del senador Enrique Inzunza hoy retumba como un eco incómodo en los pasillos del Senado de la República. Porque mientras desde Estados Unidos se lanzaban acusaciones que, ciertas o no, son de una gravedad mayúscula, el legislador optó por lo más viejo del manual: desaparecer del radar.

Al hacerse de conocimiento las acusaciones, el senador simplemente desapareció; así como las esas saltan del barco cuando comienza a hundirse.

Ni tribuna, ni defensa frontal, ni ese arrojo que presume en sus discursos cargados de soberanía. Nada. El senador que un día antes se envolvía en el Artículo 40 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para denunciar injerencias extranjeras, hoy parece haber extraviado la voz justo cuando más se le necesitaba.

Porque hay algo que no cuadra: si las acusaciones son, como él dice, “falsas y dolosas”, ¿por qué no enfrentarlas de inmediato, con la misma vehemencia con la que se golpea el pecho en tri-buna? En política, el timing lo es todo, y el suyo huele más a cálculo que a convicción.

El problema no es solo la acusación, sino la reacción. O mejor dicho, la ausencia de ella. Por-que cuando el barco empieza a crujir, los liderazgos se prueban en cubierta, no escondidos bajo ella. Y hoy, Inzunza no está dando señales de capitán, sino de pasajero incómodo esperando que pase la tormenta sin mojarse.

Su narrativa de origen, su defensa de Badiraguato y su épica personal pueden ser potentes en campaña, pero en crisis no bastan. Aquí no se trata de identidad, sino de responsabilidad pública. Y esa, guste o no, se ejerce de frente.

Más aún cuando él mismo decidió elevar el conflicto al terreno ideológico, envolviéndose en la bandera de la Cuarta Transformación y colocando las acusaciones como un ataque al movimiento entero. Si ese es el tamaño del discurso, la respuesta no puede ser la evasión.

Porque en política hay algo peor que ser acusado: parecer incapaz de sostenerse cuando llegan las preguntas.

Y hoy, más que un senador perseguido, Inzunza empieza a proyectar la imagen de un político rebasado por su propia narrativa.

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