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Elio Henríquez/La Jornada/San Cristóbal de Las Casas, Chis. – A propósito del repunte del gusano barrenador no sólo en Chiapas, sino en otros estados del país, Edmundo Rosas Matehuala evocó su paso como trabajador en una empresa de aire acondicionado en la planta de moscas estériles que funcionaba en Tuxtla Gutiérrez, casi en los límites con Chiapa de Corzo.

“Cuando yo llegué a trabajar en la década de los años 70 con una empresa de aire acondicionado en forma industrial ya estaba la planta de producir moscas estériles, pero estaba medio descontrolada”, recordó.

Tras expresar con nostalgia que “recordar es volver a vivir”, señaló que en esa ocasión “dijeron que se necesitaba producir moscas rápido porque el gusano barrenador avanzaba. Me comentaron sobre el proceso, qué se necesitaba y me puse a hacer números. Hice el proyecto porque cada área necesitaba una condición especial”.

En ese tiempo, abundó, “había ya una plaga de la mosca del gusano barrenador que venía de Centro América avanzando muy rápido y Estados Unidos dijo que había que detenerla rápido porque ataca al ganado”.

De acuerdo con Abel Rosas Téllez, coordinador regional de la Comisión México-Estados Unidos para la prevención de la fiebre aftosa y otras enfermedades exóticas del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica), hasta la semana pasada había en Chiapas, 124 casos activos de gusano barrenador que han sido atendidos.

La planta en la que laboró Rosas Matehuala en las afueras de la capital del estado hace más de medio siglo, fue cerrada hace varios años, por lo que el gobierno federal construye actualmente una nueva planta de cría y esterilización para combatir el gusano barrenador en Metapa de Domínguez, cerca de la frontera con Guatemala, cuya inauguración está programada para medios de este año.

Edmundo recordó en entrevista que “la planta productora era para esterilizar a las moscas y mezclarlas con las moscas normales para que fuera disminuyendo su producción y su propagación. Ya sabían qué proceso se hacía para crear moscas y esterilizarlas, pero se necesitaban condiciones especiales de temperatura y humedad”, por lo que era necesario instalar aire acondicionado.

Explicó: “Si el animal tiene una herida, llega la mosca, deposita sus huevecillos y empieza a comer la res. Estados Unidos no quería que llegara a su país, se puso a investigar y vio la forma de esterilizar a las moscas”.

La planta se construyó sobre la carrera, en la salida hacia Chiapa de Corzo, cerca del puente del río Grijalva, como parte del programa Moscamed. Hasta ahí llegó Rosas Matehuala procedente de la Ciudad de México, a donde regresó años después, para instalar el aire acondicionado que requería.

“El gusano barrenador sufre una metamorfosis, es una mosca que se vuelve gusano y ataca el ganado; en el área correspondiente se ponía carne descompuesta, llegaba la mosca y depositaba los huevecillos, comía y se hacía el capullo, que era tratado por otra área; del capullo nace la mosca”, señaló.

Continuó: “A punto de nacer se esterilizaba. El proceso era: Llegaba, se le daba de comer al gusano; era un olor tremendo. Luego se empezaba a hacer el capullo como arrocitos chiquitos, cafés. Para que no fuera un proceso descontrolado se le hacía tiempo día y tiempo noche controlado, pero como urgía había que sacar la producción lo más rápido y esos procesos eran de medio día. Un día para la mosca lo hacíamos dos por medio de focos. La mosca responde a la luz. Si hay luz para ella es de día y si está oscuro es de noche”.

Dijo que “se prendían y apagaban los focos e iba generándose el proceso de la mosca. Todo eso lo vimos nosotros. Había que mantener las condiciones de temperatura y humedad. Ese era mi trabajo. Nos dijeron que debía estar a 30 grados centígrados y 80 por ciento de humedad, lo que había que mantener siempre”.

De 72 años de edad y radicado en la Ciudad de México, Rosas Matehuala comentó que “cuando ya estaban listas las moscas las echaban en unas cajitas para darles madurez y ya a punto de nacer, se mandaban al aeropuerto, para que un avión o avionetas las tiraran en los lugares en los que había que detener la plaga. La cajita iba bien cerrada y apretada, pero al ir cayendo se abría y caían millones de moscas que se iban a la colonia de moscas normales y convivían, pero no había producto, se paraba la reproducción de la mosca. Lo asombroso era que estaba medido el tiempo para que cuando fueran cayendo, las cajas se abrieran. Eso lo controlaban los gringos. Calculaban el tiempo de viaje para tirarlas”.

Manifestó que “antes de que salieran hacia las aeronaves, las cajas pasaban por unas cortinas de rayos ultravioleta, que las esterilizaban. Una mosca estéril puede frenar la producción de la mosca. En esa época venía la mosca de Centro América comiendo las reses”.

Explicó que por cada diez moscas estériles y diez de las normales, sólo nacían cinco nada más. Se paraba la mitad. La cruza era normal, pero no había producto”.

Sostuvo que “la planta ya trabajaba cuando llegué, pero sin control. Esos son de los logros que lo satisfacen a uno. Después regresé a la Ciudad de México a trabajar en proyectos de construcción de penales de alta seguridad, hospitales, hoteles. Posteriormente regresé a Chiapas de turista, en la época en que los lacandones pedían un azulito (billete) de 50 pesos para dejarse tomar una fotografía”.

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