Por Eduardo López Betancourt
Apostar por la educación cívica
Una vez más, la incipiente democracia mexicana parece fragmentarse. Todo indica que, al menos, tres nuevas agrupaciones obtendrán el registro como partidos políticos. En su mayoría responderán a intereses de carácter personal; algunas tendrán orientación religiosa y otras exhiben tendencias aún imprecisas.
Quizá el único caso con ciertos antecedentes sea el grupo denominado Marea Rosa, surgido a partir de diversas manifestaciones, particularmente en la Ciudad de México.
Como ocurre con frecuencia, estos “nuevos” institutos políticos terminarán por engrosar el presupuesto público, gozarán de prerrogativas y no sería extraño que logren colocar a uno que otro representante popular; incluso podrían alcanzar triunfos en algunos ayuntamientos de menor tamaño.
Desde una perspectiva objetiva e imparcial, toda agrupación tiene derecho a constituirse como partido político. Sin embargo, convendría revisar si los requisitos para obtener ese reconocimiento resultan demasiado laxos. El número de afiliados exigido y la posibilidad de celebrar doscientas o más asambleas distritales sin mayores obstáculos parecen facilitar en exceso la creación de nuevas fuerzas políticas.
Si bien este principio es legítimo, también es cierto que la proliferación indiscriminada de organizaciones partidistas no necesariamente fortalece la vida democrática. Por el contrario, la fragmentación puede generar confusión en el electorado, más aún cuando persiste una evidente carencia de cultura cívica y política.
El votante mexicano, en muchos casos, acude a las urnas sin reflexión suficiente. No analiza ni evalúa con rigor la oferta de los grandes partidos ni la de las agrupaciones menores. Con frecuencia el sufragio se emite por consigna, por compromisos laborales o incluso por vínculos afectivos.
Ante el elevado presupuesto destinado al sostenimiento de la ya de por sí modesta democracia mexicana, particularmente en lo que respecta a los partidos políticos, resulta indispensable apostar con mayor decisión por la formación y la educación cívica. Este esfuerzo debería ocupar un lugar prioritario en las escuelas, donde se forjan las bases de una ciudadanía informada y responsable.
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