Por Eduardo López Betancourt
No existe la libertad de expresión
En la actualidad existe un sinnúmero de Estados que traicionan cínicamente sus propios principios constitucionales. Se trata de regímenes en los que, de manera formal, aparenta cumplirse la ley; sin embargo, en la práctica ocurre lo contrario. Mediante maniobras engañosas y toda clase de artimañas, buscan presentarse ante la comunidad internacional como auténticas democracias, cuando en realidad funcionan como dictaduras bajo un régimen autoritario. En estos sistemas, el unipartidismo constituye su rasgo esencial, aunque con frecuencia mantienen pequeñas “comparsas” políticas para simular la existencia de un sistema multipartidista.
En los gobiernos monolíticos suele preservarse, al menos en apariencia, la división de poderes. No obstante, dichos órganos responden a un solo mando, de tal forma que resulta una farsa afirmar que el Poder Legislativo y el Poder Judicial gozan de verdadera autonomía. Incluso se crean organismos supuestamente encargados de supervisar o auditar la actuación gubernamental, pero en ellos se coloca sin pudor a personajes absolutamente incondicionales al régimen.
Bajo estas condiciones, la oposición política es sistemáticamente reprimida. De manera cotidiana se le descalifica, se le agravia públicamente y, en muchos casos, sus integrantes son objeto de persecuciones fiscales o penales. El propósito es claro: inhibir cualquier intento de disidencia que pueda cuestionar al poder establecido.
Tampoco existe una auténtica libertad de expresión. Aunque el discurso oficial proclame su vigencia, en los hechos solo se favorece a quienes respaldan al régimen mediante prebendas o dádivas. Lo más cínico de estos sistemas es la imagen que proyectan al exterior: pretenden presentarse como democracias consolidadas cuando, en realidad, el poder se concentra en una sola persona, a quien en ocasiones se llega a tratar casi como una figura providencial.
En la práctica, la autoridad dentro de un régimen monolítico es absoluta. Los mecanismos de control y equilibrio entre poderes se convierten en meras formalidades sin contenido real. El jefe del gobierno concentra la capacidad de decisión sin limitación alguna y actúa sin rendir cuentas a nadie.
Otra característica de estos sistemas es su vocación de permanencia. Suelen prolongarse durante décadas e incluso recurren a la figura del testaferro político para conservar el control. La historia ofrece ejemplos claros. En México, a principios del siglo pasado, se decía con ironía: “En esta casa vive el presidente, pero quien manda reside enfrente”. La frase aludía al periodo del Maximato, cuando Plutarco Elías Calles ejercía el verdadero poder y se daba el lujo de colocar o remover presidentes a su antojo, quienes en muchos casos no eran más que simples títeres políticos.
El daño que provoca un gobierno monolítico resulta profundamente nocivo para cualquier democracia, pues romper con ese esquema de concentración del poder suele implicar conflictos sociales severos y prolongados, cuyas consecuencias pueden marcar durante años la vida política de una nación.
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