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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

Hace aproximadamente ocho meses, el rector de la UNAM, doctor Leonardo Lomelí, me invitó a tomar un café. Estoy convencido de que en ese grato encuentro intervino en buena medida Enrique Graue, quien en su momento fue mi amigo cercano; incluso llegó a ser huésped en mi casa. Recuerdo también que fui el primero en promoverlo para ocupar la Rectoría, aun en contra de la voluntad de mi compadre José Narro.

En aquella reunión estuvo presente el abogado general de la Universidad, maestro Hugo Concha Cantú. En ese encuentro llegamos a un acuerdo claro con el Dr. Lomelí: poner fin al conflicto y a la infamia de la que he sido víctima. Tengo, quizá, el defecto de creer en la palabra empeñada, de valorar lo dicho, sobre todo cuando proviene de personas que, por su investidura, deberían honrar sus compromisos.

Me equivoqué. Desde entonces he tenido que nadar contra corriente. En un tribunal administrativo, carente de la autoridad que la situación exige, se me dio la razón. Sin embargo, lo más lamentable es que los abogados de la UNAM, expertos en vericuetos legales y prácticas dilatorias “auténticos chicaneros, han recurrido a toda clase de argucias para prolongar el litigio. Con absoluta desfachatez hablan en nombre de la Universidad.

Conviene aclararlo: mi conflicto no es con la UNAM. Eso debería saberlo bien José Narro, aun cuando hoy se encuentre molesto conmigo. Mi disputa es con quienes hoy dirigen la institución y que, lejos de honrarla, han demostrado carecer de palabra y, en ocasiones, incluso de la mínima dignidad.

El abogado general, que debería actuar como conciliador y asesor institucional, simplemente dejó de dirigirme la palabra. Sus propios colaboradores me aseguran que “está molesto conmigo”. Resulta curioso: ¿molesto porque defiendo mis derechos?, ¿porque me niego a aceptar humillaciones?, ¿porque no permito que se me atropelle?

Tal vez nunca lo comprendan. La dignidad tiene un precio, y solo puede apreciarlo quien se conduce con altura, quien se niega a aceptar la condición de “enano” frente al poder.

Estoy convencido de que tarde o temprano ganaré este proceso. El tiempo será el mejor juez y consejero. Por ello reitero una invitación sincera. Leonardo, estimado doctor Lomelí; maestro Hugo Concha: recuerden que alguna vez fuimos amigos. A nadie le conviene prolongar esta confrontación, y menos aún a la propia institución. Desgastarla con maniobras innecesarias resulta perjudicial para todos.

Mantener a 400 abogados contra mí representa, además, un gasto injustificado y abusivo que de nada sirve a la Universidad.

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