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Redacción

En el marco del Día Internacional de la Silla de Ruedas, conmemorado cada 1 de marzo, la historia de María Ávila Santamaría coloca en el centro del debate la necesidad de fortalecer la inclusión en los espacios educativos. Estudiante del sexto semestre de la Licenciatura en Terapia Ocupacional en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma del Estado de México, su experiencia evidencia que la accesibilidad no se limita a la infraestructura, sino que también implica empatía y reconocimiento de derechos.

María nació con mielomeningocele, una condición congénita que afecta el desarrollo de la columna vertebral y que la llevó a utilizar silla de ruedas desde la infancia. A lo largo de su vida, enfrentó entornos que no siempre contemplan las necesidades de las personas con discapacidad, situación que la llevó a desarrollar autonomía y constancia para avanzar en su formación académica.

En su rutina universitaria, asiste a clases, realiza tareas y participa en actividades como cualquier estudiante. Sin embargo, señala que existen obstáculos físicos que dificultan su movilidad. “Hay rampas que se me complican porque están muy empinadas”, comenta. También refiere que cuando elevadores no funcionan o ciertos espacios no cuentan con adecuaciones, se ve obligada a depender del apoyo de otras personas. “No siempre podía hacerlo sola”, recuerda.

Más allá de las barreras arquitectónicas, María identifica otro desafío: la percepción social. “Me gustaría que nos vieran como personas normales. No somos diferentes, somos iguales”, afirma. Para ella, la inclusión se construye en las actitudes cotidianas y en el trato respetuoso, no únicamente en la existencia de rampas o elevadores.

Su elección profesional tiene un vínculo directo con su experiencia personal. Durante su infancia recibió terapia ocupacional, proceso que influyó en su decisión de formarse en esta área. Actualmente, su meta es contribuir a mejorar la calidad de vida de personas que enfrentan condiciones similares y promover herramientas que favorezcan la independencia.

Reconoce que el trayecto académico implica momentos de cansancio, pero destaca que actividades como el ejercicio fortalecen su confianza y su condición física. Cada avance representa un paso hacia una mayor autonomía, elemento que considera fundamental para su desarrollo personal y profesional.

Para María, la silla de ruedas es una herramienta que le permite desplazarse y participar en distintos ámbitos. “Es lo que me permite hacer mi vida, salir y moverme”, señala. Desde su perspectiva, la movilidad asistida no define sus capacidades, sino que facilita su integración en la vida cotidiana.

En este contexto, la Universidad Autónoma del Estado de México impulsa la reflexión sobre los retos que enfrentan las personas usuarias de silla de ruedas y la necesidad de consolidar entornos accesibles en educación y trabajo. La experiencia de María Ávila Santamaría subraya que la inclusión requiere infraestructura adecuada, pero también sensibilidad y respeto para garantizar igualdad de oportunidades.

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