Por Lengua larga
Dicen que el amor todo lo puede. En Miguel Hidalgo, al parecer, también todo lo posiciona.
Porque si alguien todavía cree que la intensa actividad “legislativa” de Laura Álvarez es mera coincidencia territorial, quizá también piensa que los espectaculares se ponen solos y que las brigadas aparecen por generación espontánea. Qué bonito sería vivir en esa ingenuidad.
Desde hace meses, la diputada panista ha convertido Miguel Hidalgo —casualmente, la alcaldía gobernada por su esposo, Mauricio Tabe— en su oficina alterna, su foro favorito y su set permanente de campaña… perdón, de trabajo legislativo. Porque claro: nada dice “labor parlamentaria” como recorrer colonias estratégicas, posar con vecinos y gestionar problemas que, ¡sorpresa!, dependen del gobierno local encabezado por tu pareja.
El guion es elegante en su descaro: ella legisla, él gobierna; ella escucha, él resuelve; ella agradece, él administra. Un matrimonio moderno, funcional y, sobre todo, políticamente rentable.
En Miguel Hidalgo ya no se pregunta si Laura Álvarez competirá en 2027, sino cuándo dejarán de fingir que no está en campaña. La narrativa es tan obvia que raya en lo caricaturesco: cercanía, territorio, redes sociales saturadas de “resultados” y una presencia que ningún otro diputado —ni siquiera del mismo distrito— parece poder igualar. Qué coincidencia tan afortunada tener al alcalde en casa.
Pero no nos confundamos: aquí el problema no es que una mujer quiera gobernar. El problema es que otra vez se nos quiera vender el nepotismo elegante como mérito político. Como si el poder compartido en pareja fuera una virtud democrática y no una ventaja estructural que distorsiona la competencia.
Y sí, todo puede ser “legal”. Pero la política no se mide solo en lo que permite la ley, sino en lo que tolera la decencia pública. Porque cuando una diputada usa el territorio gobernado por su esposo como trampolín personal, no estamos viendo vocación de servicio: estamos viendo administración familiar del poder.
Miguel Hidalgo no necesita una heredera política ni una campaña encubierta con barniz institucional. Necesita funcionarios que gobiernen sin estar pensando en el siguiente cargo y aspirantes que compitan sin el respaldo invisible —pero muy efectivo— del poder conyugal.
Si Laura Álvarez quiere ser alcaldesa, que lo diga, que lo busque y que lo dispute en condiciones reales. Porque cuando el amor se mezcla con el presupuesto, la democracia siempre termina siendo la tercera en discordia.
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