Venezuela y la urgencia de justicia
En millones de hogares venezolanos, el silencio pesa más que cualquier palabra, el silencio que dejó un padre que se fue caminando hacia un futuro incierto, el silencio de una madre que nunca regresó de una protesta pacífica, el silencio de los niños que nunca supieron jugar sin miedo, Venezuela, una nación que durante años buscó esperanza, hoy enfrenta uno de sus capítulos más dramáticos, la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, no como un acto de venganza, sino como un paso imprescindible hacia la justicia y la sanación de un pueblo que ha sufrido demasiado.
Desde 2014, el país petrolero ha sufrido una hemorragia humana que no se ve en otra parte del continente, más de 7.7 millones de venezolanos han abandonado su tierra, buscando seguridad, comida y futuro en otros países, este éxodo masivo ha convertido a Venezuela en una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo, comparable solo con países en guerra como Siria o Afganistán.
Hay quienes calculan que hasta 20% de la población ha huido de Venezuela, perdiendo no solo su tierra, sino también sus sueños y su dignidad, cada número tiene un nombre, una historia, madres que cruzan fronteras con hijos en brazos, jóvenes que caminan durante semanas por selvas y fronteras para escapar de un presente sin futuro, ancianos que mueren lejos de sus recuerdos, este éxodo es la evidencia tangible de una tragedia humana que no puede reducirse a estadísticas.
Mientras millones salían, quienes permanecieron dentro de Venezuela vivieron bajo un régimen que, según diversas organizaciones de derechos humanos, ha ejercido persecución política, detenciones arbitrarias y torturas, organizaciones documentaron que más de 1,100 personas permanecían detenidas por motivos políticos, la cifra más alta en toda América Latina.
Detenciones nocturnas, desapariciones temporales, golpizas, acusaciones inventadas para silenciar voces críticas, así es la experiencia de miles que intentaron hablar y fueron castigados por ello, muchos de estos presos nunca recibieron un juicio justo; otros sencillamente desaparecieron en el laberinto de un sistema judicial colapsado.
Además, el hambre y la enfermedad han sido otras formas silenciosas de violencia, más de 5 millones de personas sufren inseguridad alimentaria severa, y el colapso de servicios básicos ha significado que enfermedades controladas hace años resurjan con fuerza, por ello, la crisis no solo es política sino profundamente social, ya que cerca del 70 % de la población vive en pobreza multidimensional, incapaz de satisfacer necesidades básicas de salud, educación y alimentación.
La economía, otrora una de las más prósperas de América Latina, hoy es reflejo de un colapso absoluto, la producción petrolera, motor de la nación, se derrumbó y el bolívar se volvió prácticamente inservible, el empleo formal desapareció, empujando hasta 90% de la fuerza laboral a la economía informal.
La violencia, que una vez fue uno de los problemas sociales más críticos, sigue dejando su marca en la vida cotidiana, la inseguridad se traduce en miedo, miedo al salir de casa, miedo a una protesta, miedo a hablar, y cada asesinato, cada secuestro, cada familia rota es una herida abierta en la memoria colectiva.
Hoy, muchos venezolanos con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, tienen esperanza, esperanza como una exigencia moral y política, no un acto de revancha; después de años de denuncias por corrupción, represión y manipulación electoral, llevar ante tribunales internacionales a quienes han estado en la cima del poder representa un mensaje claro, nadie está por encima de la justicia.
Para un pueblo que ha visto cómo se desvanecían sus instituciones, que ha visto cómo el poder se utilizaba para silenciar en vez de proteger, esta captura simboliza el fin de la impunidad, es, sin duda, una señal de que los crímenes de Estado, las detenciones arbitrarias y la negación sistemática de derechos, serán evaluados bajo estándares universales de justicia.
Entre las cifras, cartas, testimonios y lágrimas hay algo imponderable, la resiliencia; Venezolanos que han sufrido encarcelamientos, torturas, hambre y exilio siguen reclamando democracia, justicia y dignidad, su lucha no es por venganza, sino por vivir en un país donde sus hijos no teman ser castigados por pensar diferente.
La captura de Nicolás Maduro y su esposa podría no borrar los años de dolor, pero sería un acto de reconocimiento histórico del sufrimiento, un paso hacia la justicia y, sobre todo, una luz en la oscuridad para quienes ansían regresar, porque no se trata de castigar a un individuo, se trata de restituir la esperanza.
