Por Lengua Larga
En Morena CDMX hay nuevo filtro, nuevo semáforo y nuevo “permiso de salida”. Y no, no es estatutario. Es personal. Desde que Gerardo Trejo asumió como secretario de Organización de Morena en la Ciudad de México, más de uno siente que la transformación se convirtió en trámite… y el trámite pasa por su escritorio.
Militantes de base hablan de desplantes, regaños y un trato que poco tiene que ver con el discurso de cercanía que presume el partido. La queja es constante: falta de empatía, formas ásperas y una dinámica donde la línea no se dialoga, se impone.
Dicen por ahí —y en política los rumores suelen tener patas— que hace apenas unos días regañó a un concejal por declaraciones hechas a medios. ¿El pecado? No haber pedido autorización previa. Porque al parecer, para hablar hay que pedir permiso. Y para opinar, esperar el visto bueno.
La pregunta es incómoda: ¿desde cuándo la organización se convirtió en aduana? Morena nació como movimiento, no como ventanilla. Pero en la capital, varios cuadros aseguran que hoy el mensaje es claro: primero consultas, luego existes.
En tiempos donde el partido gobierna casi todo en la ciudad, el reto no es disciplinar voces, sino sostener unidad sin humillaciones. La autoridad no se construye a gritos ni con regaños de pasillo. Se construye con liderazgo.
Y cuando la militancia empieza a sentirse más vigilada que respaldada, algo no está funcionando. Porque la transformación no se presume; se ejerce. Y el poder interno, cuando se usa para intimidar, deja de ser organización… y empieza a parecer control.
Pero las inconformidades no se quedan en el trato político. En corrillos de la alcaldía Azcapotzalco también se escuchan versiones que apuntan a un manejo discrecional de recursos y a decisiones presupuestales poco claras, en las que señalan tanto a Trejo como a su esposa, la alcaldesa Nancy Núñez. Son dichos que circulan entre militantes y opositores, y que hasta ahora no han sido aclarados .
Porque mientras se predica austeridad hacia adentro, hay quienes miran hacia la oficina de Reforma y comentan que el discurso no siempre coincide con la realidad. Si la austeridad republicana es bandera, tendría que aplicar parejo. De lo contrario, la narrativa de disciplina y control hacia abajo contrasta.
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