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Abrelatas: Aconcagua, Plaza de mulas Eduardo Ramírez encabeza liberación de tortugas marinas en Puerto Arista

Abrelatas: Aconcagua, Plaza de mulas por
César Garza.

El ingeniero electricista, Maestro en Ciencias y amante de la Montaña, César Enrique Garza Vanegas, -63- llevó su vehemencia por la naturaleza a enrutarse desde el 2022 a senderear las montañas del Himalaya hasta prenderse en el campamento “base sur” en Nepal de la montaña más alta del mundo, la del Everest a más de 5 mil 364 metros sobre el nivel del mar -mmsm- allá tuvo varias experiencias inolvidables pero una de ellas fue, hasta hoy, inexplicable… una de sus tantas fotos espectaculares con la escenografía natural de la montaña su rostro se transmuta y aparece el de un nativo, un Sherpa, quizá… todavía hoy no encontramos una respuesta lógica a esta experiencia metafísica.
Después para el 2024 hizo cumbre en la montaña más alta del continente africano la cual está en el país de Tanzania, el Kilimanjaro a 5 mil 874 metros sobre el nivel del mar -mmsm-

Su ateísmo recalcitrante fue superado por el
paroxismo de las emociones pues agradeció a la
Naturaleza y a un Ser Espiritual Superior, así nos lo hizo saber en una grabación con voz entrecortada, fatigada y emocionada por el enorme esfuerzo mental y físico. Ahora, en este incipiente 2026, se fue para el sur del continente, a Mendoza, Argentina; en busca del campamento base del Aconcagua… lo invito a leerlo.

“El verdadero ascenso empieza cuando el ego se queda sin aire.”
Mauricio Mendizábal
 
 
Estás en Confluencia, el primer campamento de ascenso al Aconcagua. Has estado hidratándote; es importante cuando comienzas a ganar altura. Es de noche, sales a orinar lo más tarde que puedes, esperando pasar la noche sin que te den más ganas; salir de la carpa en el frío de la noche es incómodo.

Te acomodas en tu bolso de dormir; para un hombre de playa, las temperaturas que se viven en estos sitios te obligan a dormir con doble pantalón y 3 capas arriba. Te untas un aceite en la nariz para evitar la resequedad y la consecuente dificultad para respirar; ya has pasado por esto.

Tú y tu grupo comienzan a caminar temprano; pretendemos llegar a Plaza de Mulas, a 4300 msnm; son 1000 metros de desnivel; la travesía será larga y exigente.

Llegas a Playa Ancha, una planicie inmensa y pedregosa del valle de Horcones que parece no moverse nunca. El viento corre libre, caminas con la sensación de estar detenido en el tiempo y en el espacio; digamos que paso a paso el paisaje cambia de manera marginal. El Aconcagua te habla bajito, aprovechas para llamar a tu tribu, comienzas por los abuelos, los traes de vuelta, conversas con los 4, aun con aquellos que no conociste; son como dos robustos troncos. Después saludas a tus padres, hermanos, tíos, primos, sobrinos y las familias que eligieron formar, desarrollas todo el árbol genealógico hasta llegar al más jovencito, Luka, tu tribu.
Te das cuenta de que hay sobrinos que existen, pero que realmente no conoces, una lástima.

Llamas a Óscar, un primo que acaba de trascender; recordamos las fiestas compartidas, mujeres de las que nos enamoramos, nuestros viajes a Gómez Palacio, Durango, aventuras, complicidades. Lo vi sonriendo; nos despedimos con un beso grande y un abrazo fuerte.
Una persona detrás de ti comienza a escuchar música, perturba el silencio; en tu opinión, es casi una profanación en un lugar sagrado. Tienes el viento a tu espalda; la dejas pasar para que el ruido fabricado por el hombre se lo lleve el viento.

Llevas varias horas caminando; en una vereda pedregosa ves que Julián, un amigo que acabas de conocer, está por caer. Te solidarizas involuntariamente y amagas con caer tú también; Chandón y Juanito, tu guía, evitan la caída. “Fíjate dónde pisas”, te dice Juan. Sí, es una sentencia poderosa cuando se camina por la vida.

La montaña crea familias, hermanos; las historias personales son compartidas con total honestidad; de ahí también aprendemos todos, agradeces.
Llegas al trecho llamado Cuesta Brava; es el momento en que el tramo se vuelve más difícil. Cada paso se paga con aire y silencio. El cuerpo protesta, la cabeza negocia y el tiempo se estira como si supiera que estás vulnerable.

La Cuesta Brava es peligrosa; el acantilado pedregoso está siempre a tu lado. Te concentras, buscas pisar firme, visualizas los dedos de tus pies aferrándose a la tierra; eso hace que tu enfoque esté ahí, donde lo necesitas en ese momento.

Aquí se avanza lento, es una forma de respeto. Cuando la superas, no celebras; entiendes que la Pachamama te ha permitido avanzar.

Después de 10 horas llegas a Plaza de Mulas, sobre los 4300 metros de altura, y estás literalmente fundido; al llegar a tu carpa te toca mover algunas cosas. Nunca en tu vida te has sentido tan cansado, piensas, entras y te derrumbas en una colchoneta, tu sistema se desconecta algo así como una hora. Cuando despiertas, tienes que hacer un esfuerzo para levantarte, los músculos de tus piernas no responden, comes una sopita caliente y decides ir a dormir.

Te preparas para la noche: doble calcetín, dos piezas inferiores, tres superiores, la chamarra adicional; entras a tu saco de dormir, tienes un ligero dolor de cabeza, cierras el saco; la oscuridad es total, el silencio también, comienzas a escuchar los latidos de tu corazón muy fuertes, algo inusual, están acelerados. Sabes que en las alturas el ritmo cardiaco se incrementa al haber menos oxígeno; es normal, murmuras, recuerdas aquel cuento “El corazón delator” de Edgar Allan Poe y te preguntas cuál es el mensaje que te quiere dar el tuyo. Realizas unos ejercicios de respiración profunda; en algún momento te duermes.

Llega el nuevo día; a pesar del descanso, sigues cansado, te duelen todos los músculos de tus piernas y tienes una ligera molestia en la inserción del fémur izquierdo sobre la cadera.
Ezequiel, un hombre de la tribu Qom, otro de tus guías, te dice que hoy descansaremos y que mañana subiremos el Bonete, un cerro de 5000 metros.
Ezequiel te cuenta cosas que no puedes escribir, agradeces.
Al día siguiente tendrás que bajar hasta Horcones, una jornada de 8 horas más o menos, hasta aquí planeaste llegar; tus amigos intentarán cumbre.
En el almuerzo te das cuenta de que tus botas, las dos, están rotas; imaginas el problema que tendrías en la bajada si finalmente se desprende la suela, lo sopesas; desde hace tiempo estás atento a las señales y concluyes que esta es una de ellas.
Los helicópteros suben y bajan continuamente de los campamentos, llevan y traen gente, hacen rescates y mueven cosas. Has tomado tu decisión; le pides a Juan que te consiga un espacio en uno de los vuelos. Tus botas aguantan la bajada, te dice. Puede ser, respondes, pero no quiero tomar ese riesgo. ¿Qué vas a hacer con tus botas?, te pregunta. Las voy a desechar, respondes. Apenas ayer el cocinero me preguntó si tenía algunas para él. ¿Se las puedes regalar? Claro, le dices, las casualidades no existen.
Tu vuelo sale en dos horas, te dicen, te apresuras a armar tus mochilas, lamentas dejar a tus amigos, les abrazas, les deseas la mejor de las suertes, les dejas tu fuerza, le prometes a Chantón que cuando hagas el camino de Compostela pasarás a saludarlo en el País Vasco, te despides de Julián, de Juan, de Eze y del resto del equipo.
Te llevan al borde del helipuerto, te piden arrodillarte con una pierna y ponerte los lentes; sientes el acercamiento de la nave por el ruido y polvo que levanta. Tienes que bajar la cabeza en total sumisión, como si te encontraras ante algún César romano. Subes, te pones el cinturón y los audífonos mientras por la ventana te despides de tus amigos; tienes ganas de llorar.
AGV
abrelatas-agv.com.mx

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