La Fiscalía General de Justicia del Estado de México obtuvo auto de vinculación a proceso contra tres sujetos identificados como Jostin Guadalupe “N”, Alan Guadalupe “N” y Alfredo “N”, por su probable participación en los delitos de homicidio calificado
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Un frío atardecer de diciembre se tiñó de rojo en la colonia Agua Azul Sección Pirules. El estruendo de los disparos, seguido por los gritos desgarradores de los heridos, convirtió una calle cualquiera en el escenario de una carnicería urbana. Tres sujetos, identificados por la autoridad como Jostin Guadalupe “N”, Alan Guadalupe “N” y Alfredo “N”, fueron vinculados formalmente a proceso por el homicidio calificado de un hombre y el intento de asesinato de dos acompañantes, en un episodio que ha dejado a la comunidad sumida en el terror y el morbo.
El 21 de diciembre de 2025 quedará grabado a fuego en la memoria de los testigos. “Fue como una película de mafia, pero real y aquí en nuestra calle”, relató con voz temblorosa un vecino que presenció la masacre desde detrás de una cortina. “Vieron llegar a las dos motos, bajarse a los tipos con pistolas en la mano y empezar a disparar sin decir palabra. No hubo pelea, no hubo gritos previos. Solo el ruido seco de los balazos y después los cuerpos cayendo al suelo, mientras ellos huían como cobardes”.
La investigación de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México reconstruyó la escena del crimen con lujo de detalles macabros. Las víctimas, un hombre, una mujer y otro masculino, caminaban desprevenidos cuando fueron interceptados por los cuatro agresores —uno de los cuales sigue prófugo— a bordo de dos motocicletas. Con una saña premeditada, descendieron y abrieron fuego a quemarropa. Alfredo “N”, según las evidencias, habría sido el verdugo principal, disparando contra el joven que perdió la vida al instante. Otro de los cómplices, aún sin identificar, dirigió su arma contra la mujer, dejándola herida. Mientras tanto, la dupla sanguinaria formada por Jostin Guadalupe y Alan Guadalupe, ambos con el mismo segundo nombre como un siniestro vínculo, descargó su violencia contra el segundo acompañante masculino, acribillándolo antes de escapar con sus cómplices, dejando atrás un reguero de casquillos y desesperación.
La escena, una vez calmada la tormenta de plomo, era dantesca: un cuerpo sin vida yacía en la banqueta, mientras los dos heridos, bañados en su propia sangre, luchaban por mantener la conciencia hasta la llegada de los servicios de emergencia, que los trasladaron urgentemente a un hospital. El olor a pólvora se mezclaba con el metálico aroma de la sangre, un recordatorio grotesco de la fragilidad de la vida en estos rincones de la ciudad.
La cacería judicial no tardó en iniciar. Agentes ministeriales, siguiendo el rastro del horror, recabaron testimonios, revisaron videovigilancia y analizaron las evidencias balísticas, tejiendo una red de la que los tres presuntos sicarios no pudieron escapar.
Frente a un Juez, el peso de las pruebas —los proyectiles, los videos, los testimonios que pintaban un cuadro de brutalidad inhumana— fue abrumador. La autoridad judicial, sin vacilar, decretó la vinculación a proceso de los tres por los delitos de homicidio calificado y homicidio calificado en grado de tentativa. Además, estableció un plazo fatal de solo un mes y quince días para cerrar la investigación complementaria, un período en el que la justicia buscará atrapar al cuarto homicida que aún respira libertad y profundizar en los motivos de esta masacre, que pudieron oscilar entre un ajuste de cuentas o la simple demostración de fuerza de un grupo criminal.
Los tres ahora habitan el lado oscuro del sistema, acusados de haber robado una vida y de haber intentado arrancar otras dos. La comunidad de Nezahualcóyotl, sin embargo, sigue respirando el miedo, preguntándose cuándo volverán a sonar los disparos y si la justicia, esta vez, será suficiente para lavar la sangre de sus calles.
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