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Por Eduardo Lopez Betancourt

El bienestar fomenta el ocio

Sin duda, los apoyos sociales han sido de gran utilidad; sin embargo, también han generado efectos nocivos. Ocurre, por ejemplo, cuando se entregan subsidios al padre y a la madre por su condición de adultos mayores, pero además registran a una hija fingida como madre soltera; incorporan a otro hijo que no labora dentro del programa Jóvenes Construyendo el Futuro y agregan a un nieto en edad escolar. Al final, ese núcleo familiar obtiene más de veinte mil pesos mensuales, monto suficiente para que ninguno de sus integrantes considere necesario emplearse.

Situaciones similares se presentan en hogares donde únicamente el jefe de familia trabaja, mientras la esposa y los hijos se dedican solo a gastar, rehúyen cualquier responsabilidad laboral y tampoco desarrollan hábitos de ahorro. En ambos escenarios se conforman grupos que viven del esfuerzo ajeno, causando un daño considerable a la comunidad.

También es evidente el “síndrome del consentimiento”: un afecto desmedido que termina fomentando la holgazanería.

Resulta indispensable inculcar, tanto a quienes reciben apoyos gubernamentales como a familias acomodadas, que el trabajo es fundamental. Este genera responsabilidad y, aún más, sentido de pertenencia. Los jóvenes, lejos de caer en la ociosidad, deben ocuparse en actividades productivas; así ocurre en numerosos países donde los estudiantes, sin pudor alguno, laboran como meseros u ofrecen diversos servicios que les permiten obtener ingresos, incluso cuando reciben un apoyo limitado de sus padres.

El ocio debe erradicarse, pues conduce a la irresponsabilidad, la ausencia de metas y el desprecio por la productividad. Es crucial establecer, dentro de cada hogar, un modelo basado en el esfuerzo y el ahorro; comprender ambos como virtudes esenciales del ser humano y evitar el parasitismo.

Las denominadas familias parásitas representan un fenómeno caracterizado por la dependencia extrema hacia otros miembros del entorno familiar para cubrir necesidades básicas y emocionales. Esta conducta genera dinámicas disfuncionales donde no se desarrollan capacidades para la autonomía ni la autosuficiencia, lo que perpetúa la dependencia y limita el crecimiento personal.

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