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Silvia Pasternac nació en Córdoba, Argentina, pero vive en México desde que era una niña. Hace ya tanto tiempo que el acento cordobés es sólo un recuerdo remoto en su memoria. Puros destellos de algo que fue, si alguna vez lo fue. Algo así pasa con su carrera de psicoanalista, pues tras prepararse para ejercer la práctica freudiana, llegó el cine para salvarla. 

Parecía estar destinada a ello, aunque quizá no tanto. No por siempre, al menos. Cuando la pandemia nos obligó al encierro, ella sintió la necesidad de contar una historia. Trató de hacer lo que siempre había hecho, pero resultaba imposible. Al menos hasta que recordó que alguna vez Juan Gelman le dijo que había que escribir como fuera. Amén de las palabras del poeta, la guionista devino novelista y publicó recientemente Manci, su primer libro, con Editorial Lumen. 

A propósito de la publicación del libro, recibió a 24 HORAS en su hogar para platicar sobre el proceso de escritura, el origen de la historia, la complejidad de sus personajes y una suerte de cosas más al respecto de su ópera prima.

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—Vienes del psicoanálisis, luego escribiste guiones y ahora ya eres novelista. ¿Cómo ha sido dar esos saltos?

—Yo suelo decir que el cine me salvó del psicoanálisis —confiesa—. A mí siempre me gustó mucho el cine, mi padre fue cinéfilo (y también fue psicoanalista), pero yo estudié psicología e iba a seguir los pasos de papá, digamos. Siempre me ha interesado el psicoanálisis. De hecho contaba que yo permanecí, digamos, no me dediqué al psicoanálisis como psicoanalista, pero llevó desde los 17 años hasta el día de hoy, traduciendo cosas de psicoanálisis, entonces, sigo leyendo, sigo enterándome y sin necesidad de entrarle otra vez a ese rollo, y yo, curiosamente, ahora que lo estoy pensando, fue por el desempleo las dos veces.

“Yo me quedé desempleada y tenía una amiga que trabajaba en el Centro de Capacitación Cinematográfica, y me contrató porque estaba yo desempleada y necesitaba un trabajo, como su ayudante para hacer un festival de cine. Y ahí conocí a mi marido, que había sido alumno del CCC y había hecho su ópera prima y desde que lo vi, dije: este es pa’ mí. Y ya había visto su película y entonces…, me pidió que escribiera, de hecho no fue ni siquiera tan sencillo, pero acabé escribiendo un guión para él, que se filmó, y me gustó mucho. (…) Y el desempleo en la pandemia me empujó a escribir Manci, que era una idea que yo tenía desde hacía mucho tiempo”, narró.

—Tus padres fueron exiliados de Argentina en tiempos de la dictadura. Lo traigo a cuento porque regresas a tus orígenes y los personajes de alguna manera son todos exiliados, de forma literal, emocional… ¿Fue involuntaria la idea de plasmar este sentimiento?

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—No fue involuntario —aclara—. Yo nunca he querido contar mi exilio porque en realidad yo era una niña y la verdad es que yo siempre digo que, a mí, cambiar de país me salvó la vida, de alguna manera. Yo fui mucho más feliz aquí en México desde chiquita de lo que había sido en Argentina en esa misma época. Pero, tengo el recuerdo de las dificultades de mi papá para adaptarse, de mi mamá… no para adaptarse a la vida, porque llegaron con trabajo y todo. No tenían dificultades tanto económicas, aunque fue difícil al principio, como la sensación de que habían dejado un mundo que era para ellos. El mundo, o sea, mi papá tenía 40 años cuando llegó aquí. Y yo sabía que mi abuela Sari venía de Transilvania y mi abuelo Lázaro también; a mi abuelo no lo conocí para nada y mi abuela murió cuando yo tenía siete años. Pero yo sentí que era eso, que éramos todos gitanos un poco, no lo pensaba tanto en términos de exilio, como en términos de adaptación. De ser capaces de tenerle tanto amor a la vida que puedas vivir donde sea, y yo hoy siento eso. Hoy siento que a lo mejor nos vamos a tener que mover. Esto que está pasando con Estados Unidos, este mundo tan feo, puede ser que yo algún día me tenga que ir a otro lado. Como que yo digo: “bueno, creo que podría adaptarme a cualquier lado”, y eso está en Manci y está muy conscientemente traspasado de mí. La adaptabilidad de Manci sí siento que fue una de las cosas que yo quería contar. Yo no quiero hablar de mí, pero no tengo de dónde más, yo soy mi balcón, ese es el lugar desde donde miro. Y esas es la sensación que tengo, por eso me gusta tanto el personaje real de Manci y por eso me gustó tanto escribir esto, porque era una manera de traducir cómo el exilio o la migración, si no te deportan, es una promesa de vida.

—Los personajes, más allá de Manci. Son mayormente complejos, más que la historia misma o su desarrollo, no porque no lo sea. ¿Hubo una intención, viene de tu trabajo en el cine?

—Es intencional, pero es involuntario que yo le haya dado tanta importancia a eso —responde entre risas—. Yo creo que mi superpoder es crear personajes. Incluso a la hora de trabajar en series y cosas así, en lo que más puedo colaborar en un trabajo de grupo, digamos, es darle tridimensionalidad a un personaje, convertirlo en persona. Se me facilita, yo creo, en parte, porque primero estudié psicología, vengo del ámbito del psicoanálisis y entonces hago trampa. En cambio, es cierto que la trama es muy importante e investigué muchísimo para que la trama además fuera realista en el sentido de que tradujera algo que realmente era la situación del mundo en esa época, pero los personajes se me dan. Es lo que más me gusta hacer. Y Manci fue un desafío porque realmente es una mujer que yo no podría pensar como antipática o egoísta, como que lo primero que se ve de Manci son los defectos y yo quería que no, quería que a la cuarta página ya la quisiera, aunque sea como es, porque así somos todos, así nos quieren. Salvo la familia porque te quiere porque no queda de otra.

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—Regresando a Manci. Pienso que es la heroína que probablemente no protagonizaría una película de superhéroes, porque es demasiado humana, lastimosamente escandalizaría a cualquier persona que está familiarizada con lo fantástico. Manci es muy humana, torpe. Es una persona cualquiera, y eso hace que sea tan entrañable y que funcione tan bien. Ella es quien conduce todo, más allá de que sea su propia historia.

—Yo dije en broma en algún momento que si Manci fuera algún superhéroe sería Iron-Man, porque es el más defectuoso de todos ellos —confesó, tras contar que ella ve todo tipo de cine—. Pero después me puse a pensar que en realidad no porque Manci nunca sería una científica, sería una persona de la calle. A lo mejor sería una muy buena villana, porque es un poco envidiosa, siento que podría, si estuviera en una historia de superhéroes, sería una antagonista.

—Es una persona que todos necesitamos en nuestra vida, pero no siempre la quieres tener cerca…

—A lo mejor lo que necesitamos es ser Manci. Ser un poquito más egoístas, un poquito más abocados a nuestro propio gozo. Siento que el mundo nos educa para que sacrifiquemos, sobre todo a las mujeres, pero yo creo que a los hombres también. Y Manci no sacrificó nada, o sea, ve algo que le gusta y se lo queda. Yo nunca me animaría a hacer una cosa así, pero me da un poco de envidia, me gustaría reaccionar como ella ante la vida y creo que sí, creo que una pisquita, no demasiado, porque nos volveríamos verdaderamente un poco inaceptables e inaguantables, pero, siento que ella podría enseñarnos a vivir un poquito más generosos con nosotros mismos —espeta la también guionista—.

Foto: Cortesía Penguin Random House.

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—Retratas toda la vida de Manci. Más allá de la ficción, viene de algo real. Todos los hechos más relevantes del siglo XX, si es que de alguna manera se pueden abarcar, al menos desde la Primera Guerra Mundial, que es cuando ella nace. Me parece bastante interesante cómo no se trivializan los hechos, y tampoco pesan más que la vida de Manci —señalo—. ¿Cómo fue congeniar todo eso?

—Para mí —confiesa—, la historia es una de mis pasiones. La historia del mundo, pero sobre todo la historia, que es esa historia que no nos enseñan en la escuela siempre ha apasionado. Los cristeros, la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Y las cosas que investigué no se dejaban trivializar —señala, antes de recordar algunos aspectos claves de la historia real de Manci y de la Historia—. A medida que yo iba descubriendo de las distintas etapas de Manci lo que estaba pasando a su alrededor, de lo que además ella no se entera. Ella pasa y atropella lo que haga falta porque ella va a vivir y va a gozar. Pero el lector sí tiene que darse cuenta de lo que está pasando, tiene que haber un contraste de su indiferencia, su indolencia y lo que está pasando a su alrededor. Creo que eso es lo más consciente que puedo explicar sobre eso, a la hora de escribir.

—Percibo de pronto ciertos sentimientos que son inciertos. Muy vacíos, acaso inofensivos en algunos de los protagonistas. No así en Manci y en Eugenia, ellas son muy certeras en todo sentido. Eso me dice que quisiste construirles cierto destino, como que era inevitable para las dos. ¿Pensaste en algún momento que el peso de esos sentimientos que tienen ellas contrastara con el resto de las y los personajes?

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—Igual que con la situación exterior a Manci. Los otros personajes son más normales, son personas más bien educadas, por decirlo de alguna manera —cuenta—. Salvo quizá mi abuela, de la que hay algunas cosas que hace Manci que en realidad las hizo ella. Porque yo quería que siguiéramos a MAnci y que no nos distrajeramos con otros personajes. Pero todos tienen su momento, siento yo. Pero es cierto, yo no me detuvo tanto (En los otros) porque esas personas sí son civilizadas —dice entre risas—.

—De alguna manera me has dicho que es una historia basada en tu abuela, en algo que te contaron. Pero, si pudieras contarnos de alguna manera cuál es el origen de todo…

—A mi papá lo llamó un amigo francés en un Año Nuevo en 2003, creo, y le dijo, oye, aquí estamos festejando el año nuevo y tengo una amiga que trajo a su novio y el novio dice que es tu tío —cuenta—. Y el tío en cuestión, que tenía tres años más que mi papá, empezó a contarle y mi papá dijo, no, pues sí es mi tío. Había un desfase de generación, era una cosa muy rara. Pero la cosa es que se vieron seis meses después, mi papá llevó el álbum de fotos que había heredado de mi abuela y que nosotros no sabíamos ni quién era esa gente y este hombre le fue diciendo que este era tal, y tal, esta es la foto de la familia. Mi papá regresó de ese viaje, me invitó a comer y me dijo, te voy a contar una historia, no sé qué hacer con esto. Resulta que tu tía abuela, que se llamaba Manci… y me contó cinco momentos clave —confesó—.

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Aunque es verdad que hubo secretos confesados, algunos de ellos reveladores de la historia que arruinarían la experiencia, la conversación debe terminar aquí, con una frase dicha por la misma Silvia Pasternac en el sofá de su estudio, entre libros y plantas, dilucidando el espacio y una historia que por fin fue contada: 

“Me parece que esa es la enseñanza más fuerte del libro: la vida es un gozo y es durísima. Las dos cosas. Y hay que amarrarse los calzones y hacer lo que se tenga que hacer para gozarla, lo más que se pueda, y por el mayor tiempo posible”.

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Manci, de Silvia Pasternac, ha sido presentada en un par de ocasiones desde su lanzamiento y próximamente, el 9 de abril, en El Péndulo Polanco. Fue ilustrada por el artista Daniel Carrera. Ya se encuentra disponible en la mayoría de las librerías del país. Resta entregarse a la historia.

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