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Hablar de José Agustín es, cuando menos, hablar de todas las épocas. No importa que tengo poco más de un año sin estar en este plano terrenal. No importa sobre todo porque su obra, como lo ha sido desde su primer libro publicado, sigue siendo leída. Mucho porque lo que escribió es así de trascendente y atemporal, y en menor medida, aunque no por ello menos importante, porque su obra se sigue editando.

Desde que murió el 16 de enero de 2024 a los 79 años, se han publicados reediciones con nuevos prólogos de La nueva música clásica, Cerca del fuego, El rey se acerca a su templo, El diario de un brigadista y, más recientemente, una edición de 308 páginas de La tumba (Alfaguara), con fotografías y testimonios, así como un poema de esos que, cuenta la leyenda, alguna vez fueron quemados por el escritor.

Andrés Ramírez, Director Editorial de la División Literaria y Debolsillo de Penguin Random House México e hijo de José Agustín, platicó con 24 HORAS sobre esta edición conmemorativa de esa novela que estuvo cuidada por Juan José Arreola, la trascendencia de la obra de su padre y los imaginarios que iluminan el mito del autor de La panza del Tepozteco.

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— ¿Tu padre, José Agustín, estuvo de alguna manera involucrado o enterado de la edición y posterior publicación de este libro?

— Sí pudimos hablarlo… en 2023 —explica el editor—, cuando él estaba lúcido. Siempre le importaron mucho sus libros y sus ediciones. Entonces ahí le dije: “oye, el siguiente año se cumplen 60 años (de la publicación de La tumba), ¿qué vamos a hacer?”. “¡Ah, sí! Y además cumplimos Margarita y yo 60 años de casados” —cuenta que le respondió su padre—. Siempre hacía esa asociación de que se casaron el mismo año que salió este libro. Entonces sí pudimos un poco como delinear la edición a muy grosso modo, incluidas algunas entrevistas. Me dijo: “No se te olvide meter a Elsa Cross, mi comadre”, y pequeñas cosas, también de las fotos… Ciertas cosas las alcanzamos a hablar, pero realmente no vio el proceso porque lo empezamos a trabajar después de su fallecimiento.

“Habíamos empezado a concebirlo con los editores de Alfaguara y eso sí ya no lo pudimos platicar bien. Entonces, el libro se concibió con él, pero el desarrollo sí ya fue justo posterior. Y para mí fue muy importante esta edición porque de alguna manera pude trabajar mi duelo haciendo este libro, mientras estábamos ahí en esos días tristes, acercarme a ese libro, a las anécdotas sobre él, a las imágenes y las fotos, al texto de Brenda Navarro. A mí me ayudaron mucho a transitar esos días”, añadió.

—No sólo se trata de tu padre, sino de José Agustín escritor. Eso, siento, le da una profundidad distinta, Además lo editaste antes, ¿no? Y creo que tu trabajo como editor le da otra complejidad siendo tú su hijo…

—¡Así es! Yo lo edité —espeta—. El primer libro que edité en mi vida fue Dos horas de sol en 1995: ese fue el primer libro que edité y fue la novela que él escribió ese año. A partir de entonces yo edité todos sus libros, las siguientes novelas, todos los libros que salieron después: Vuelos sobre las profundidades, Los grandes discos de rock Entonces sí estuve muy cerca de él por el lado profesional y del mundo literario, y por supuesto por el lado familiar.

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—Hay una cosa que a mí me causa mucha curiosidad. Por lo regular la literatura o los autores están, de alguna manera, –por qué razón no sé, acaso es inevitable–, divididos por épocas. Pero José Agustín ha estado en todas las épocas desde que se publicó La tumba en 1964. ¿Cómo ves eso? Como editor y con el inevitable sentimiento de que esté metido en todas las épocas, más vigente que nunca…

—Justo él fue un autor que se mantuvo en la cresta de la ola y cuando iba bajando la época jipi y tal, pues se re enganchó ahí con Ciudades desiertas y toda otra nueva época, y luego La tragicomedia mexicana le dio un nuevo terreno en el cual meterse: la historia, la crónica, y luego la Contracultura en México —detalló—. Entonces sí fue alguien que nunca dejó de estar produciendo y que siempre quería estar hasta arriba, en el hit parade, en el top, en la cresta de la ola…

“Mi hermano Jesús (Ramírez-Bermúdez) tiene una idea muy bonita al respecto. Dice: José Agustín escribió prácticamente para todas las épocas y para todos los tipos de lectores. Si te interesa una novela de amor, agarra Ciudades desiertas; si te interesa un libros de cuentos, agarra Inventando que sueño; si te interesa un libro de historia, pues agarra La tragicomedia mexicana; si quieres una novela más fantástica y sobrenatural y muy mexicana, pues agarra Vida con mi viuda; si quieres la novela de los jipies y las drogas, agarra Se está haciendo tarde. Entonces sí logró eso, ¿no?, mantenerse, en la cresta de la ola,  hasta que ya no pudo escribir”, contó.

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—¿Cómo fue para él dejar de escribir después de lo que sucedió en Puebla? Me imagino que fue complicado para alguien que escribía de la forma en que lo hacía José Agustín…

—Sí, la verdad no sé muy bien porque le costaba trabajo hablar de eso, pero sí se veía que le frustró mucho —confiesa—. Lo que sí me contó fue que, regresando de Puebla, pues yo creo que a las tres semanas de haber tenido el accidente, o cuatro a lo mejor, salió de ahí, y me contó que llegó a la computadora a tratar de escribir, y ¿por qué?, porque estaba escribiendo una novela que dejó inconclusa, se llama La locura de Dios. El día que llegué al hospital, lo primero que nos dijo fue: “¡Ya tengo el título de la novela!”, o sea, estaba en terapia intensiva, amarrado de mil madres y todo eso, en un estado de excitación inmenso, el accidente había pasado tres o cuatro horas antes, y lo primero que me dijo fue eso: “¡Ya tengo el título de la novela! ¡Se llama La locura de Dios y tiene que ver con el epígrafe de Job!“, y entonces recitó el epígrafe que son cuatro o cinco estrellas de El Libro de Job, de la Biblia, que termina con eso. Estaba excitadísimo, transformado, entonces, saliendo de Puebla fue a la computadora, la prendió y trató de escribir y era muy pronto porque no pudo, aunque él se sentía muy bien, pero no estaba bien, ¿no?, como suele suceder luego con las enfermedades.

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—Me llama mucho la atención una cosa con José Agustín. Se habló siempre de su precocidad como genio, como una persona que casi que nació con el talento para escribir, y de qué manera, pero algo que no se habla, o se habla poco o casi nada, es que fue un lector muy precoz —pregunto al tiempo que rescato la respuesta de José Agustín en una entrevista en la que aseguraba haber leído Lolita de Vladimir Nabokov a los 10 años con una conciencia digna de un cuento fantástico—.

—Sí creo que le echaba crema a sus tacos —responde Andrés entre risas—. Seguro que no lo leyó a los 10 años, pero sí lo habrá leído a los 14, a los 13, a los 15 años. Y leer Lolita a los 14 en esa época era muy inusual, era sin duda como si lo hubiera leído a los 10 años. Él alimentó mucho ese mito, pero sin duda era certero, o sea, sí tenía unas aptitudes muy especiales para la edad que tenía y además tuvo la fortuna de que el ecosistema fue muy favorable para él. Sus papás lo querían mucho, lo dejaron ser escritor. Le preguntaban: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”, “Pues escritor”, “¿Y de qué viven esos?”, “Pues no sé pero yo voy a vivir de eso”, fue lo que le dijo a su papá a esa edad. Entonces, sí tenía una intuición muy desarrollada y unas ganas de comerse el mundo, y pienso que fue un gran lector y era alguien que efectivamente era muy enciclopédico, entonces, en la edad que escribió La tumba, a los 16 años, pero un poco antes era alguien que sabía todo de Austria, era alguien que le gustaba acumular información, entonces sí tenía una mente muy privilegiada en ese sentido y también una osadía en querer hacer eso. Le dio clases a policías cuando él tenía 16 años, y fue su primer trabajo, y los señores tenían 15 o 30 o qué sé yo, y ahí estaba un chamaco de 16 años dando clases de inglés. Sí fue alguien muy osado y muy precoz desde siempre, y alimentaba ese mito, le gustaba estarlo contando, sus hazañas en el béisbol que cuenta ahí en El rock de la cárcel, que metió un jonrón con las bases llenas y se robó el home… Si uno exalta la infancia y la adolescencia, pues él más, porque tenía ese poder creativo.

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—¿Alguna vez él platicó si imaginaba (el panorama) si La tumba no hubiera sido publicada a la edad que tenía cuando se publicó y si no la hubiera escrito a la edad que la escribió? Y, por otro lado, ¿crees que hubiera tenido la misma trascendencia su trayectoria, es decir, estaríamos aquí sentados hablando a 60 años de distancia, con la naturalidad como si se hubiera platicado ayer? 

—No, yo creo que gran parte del mito fundacional es justo eso: la precocidad, el encontrarse al maestro, a Juan José Arreola, una persona en la madurez creativa y editorial, y en el momento. Ese libro sale en un momento clave en el que los jóvenes empiezan a tener un protagonismo mucho mayor, y del 62 al 68 es como el momento más alto de la juventud de esa época, pues él lo pudo retratar muy bien, entonces siento que el mito de José Agustín empieza junto con esa historia que tiene ese prefacio que ahora se sabe: se fue a Cuba a alfabetizar a los 16 años y se casó para poder irse allá porque sus papás no le iban a dar permiso de estar allá con los comunistas. Entonces, no: siento que están indisolubles, y que además ese libro sólo se pudo escribir a esa edad, y que pudo estar tan bien, y que tuvo la repercusión que tuvo porque estuvo al lado Arreola, que le cuidó las frases. Si él tenía un talento natural e intuitivo, pues el maestro supo ayudarlo, y ese es el trabajo de un editor.

—José Agustín contaba que escribió La tumba a partir de un cuento. ¿Pudieron ustedes echarle un vistazo a ese manuscrito, o como sus poemas se perdieron en el fuego?

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—Justo está en las primeras páginas de esta primera edición, esta es la primerísima redacción de La tumba —relata el también poeta—. Y sí, eran cuatro cuentos que se llamaban Tedio, y esos son los que le dio a Arreola. Y él le dijo: “Estos no son cuentos, esto es una novela”, entonces, pues ese fue el trabajo de la edición de Arreola… Fue muy bonito, y están esas tres versiones que él menciona en los archivos de la casa. No he tenido el tiempo de estar haciendo la comparación de cómo fue transmutando en lo que está hoy publicado, pero es muy emocionante ver el papel, la tipografía, las correcciones a mano, una cosa muy material sentir eso.

(“Mi padre era muy maníaco, le gustaba archivar todo, guardar todo, llevar registros de cosas. Era alguien muy estructurado en ese sentido. Sí coleccionaba las ediciones, las notas que salían de los libros, las entrevistas. El currículum lo iba llenando, también, era muy ordenado. A contracorriente quizá de la imagen pública del escritor que le gustaron los hongos y que era más desmadroso y tal; él era muy riguroso en el sentido de la escritura y era alguien que se tomaba muy en serio, y eso era también Arreola, que también era un desmadre, a la hora de escribir se ponían en ese papel”, recordó.)

Foto: Demian García.

—¿A qué crees que responda la adaptabilidad de la obra de tu padre? Más allá de la trascendencia y de todo lo que hizo que se publicara… Me refiero a las épocas, convulsas estas en tiempos tan distintos. ¿Qué observas tú como editor y, claro, como hijo de él?

—Yo creo que, por un lado, justo, como los jóvenes toman un papel protagónico a partir de los 60, y desde entonces la gente joven tiene un papel importante en la sociedad y en todas las artes, y como él de los primeros en hacer eso, siento que sí, por escribir sobre jóvenes y como jóvenes y escribir a partir de sus preocupaciones, al menos sus primeros diez o quince años de vida literaria, hace que pueda seguirse leyendo hoy en día, porque la cultura se ha ido amoldando. Y pienso que las obras importantes de la literatura mexicana, hispanoamericana e internacional, se van sosteniendo por el peso que adquieren con los lectores, y se van creciendo justo porque los lectores van diciendo: lee esto, me encantó esto, y se va haciendo así. Por eso seguimos leyendo a Dostoievski, a Stendhal o a Rimbaud. Pienso que, en particular, La tumba tiene esa cosa atemporal del estado de ánimo del personaje, que está deprimido, triste, que es muy rebelde, que es muy desmadroso, muy mamón y esnob, entonces, pienso que esas cualidades siguen estando hoy en día en muchos jóvenes, sí te identificas con ese personaje, con la desesperanza que está viviendo, porque lo que sufre Gabriel Guía, pues es existencialismo, ese desencanto ante lo que le viene porque está creciendo y (piensa): ¿qué me toca hacer?, y sí, el reducto del arte como lo único a lo que te puedes aferrar para sentirte bien contigo mismo, a crear algo. Entonces siento que esas dos emociones siguen igual de vigentes: para alguien que quiere escribir o para alguien que le interesa la vida y su mundo y no quedarse en ser uno más de esta sociedad, sino tratar de hacer algo más relevante.

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—Hay un poema inédito en esta nueva edición de La tumba. ¿Con qué José Agustín nos encontraremos?

—Ese es otro mito que él dijo: “quemé todos mis poemas“. Yo también a los 16, a los 13 años, me la pasé oyendo: “Un día me encabroné y los quemé todos”; pero nunca supimos bien por qué se habían peleado, a lo mejor era una bronca entre ellos dos (al maestro y su esposa, Margarita Bermúdez) y se enojó y los quemó, qué sé yo. Pero no, sí están muchos poemas; o sea, seguro que sí quemó un chingo —espeta entre risas—, pero hay un buen tambache así de poemas. Ese (es decir, el que aparece en esta edición) es sólo una muestra de todo eso, pero él sí fue muy terminante con eso: “¡No quiero que los publiquen nunca!“, y ahorita mi madre… para ella esos poemas son otra cosa, no es literatura, son los poemas que le hizo a ella. Y en fin, los lee y anda jugueteando con la idea de publicarlos, estamos platicando de eso…

La literatura de José Agustín está llena de poesía, pero leer un poema de él se siente completamente distinto…

—¡Sí! —me interrumpe para contarnos con lujo de detalle—. Porque las dos cosas que alimentaron La tumba y ese José Agustín temprano son la poesía y el teatro, son las dos cosas que él escribía a los 15, 16 años. Fue lo primero que escribió y lo que más leía: García Lorca, Verlaine, Rubén Darío, Baudelaire, todos los poetas malditos, Jack Kerouac, y esas cosas, era lo que él más leía en ese momento y le gustaba escribir teatro porque él lo montaba. Entonces, esas dos cosas fueron los pilares de esa época.

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Como corolario, sólo por alimentar el deseo y compartir con los adeptos de José Agustín, contar que, como me contó Andrés Ramírez entonces, están trabajando en un libro de sueños, porque su padre, el autor de De perfil, escribió mucho de sus sueños, amén del consejo que le dio Elsa Cross cuando estuvo en el tambo. No hay nada concreto aún, pero quizá algún día. Pronto. Soñemos, y que el maestro siga descansando en poder.

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